Cultura

Jun 01, 2020 00:11:25       110        0

Contemplamos más tarde la herida de la fiebre…

÷Poe+

 

[Hace justo una década, en 2010, el poeta Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), en su libro  La peste, coeditado por El Tucán de Virginia y el Conaculta, ya retrataba los horrores que hoy padecemos a causa de la epidemia mundial. Con lenguaje rudo en diversas ocasiones por las ásperas circunstancias que envuelven a las atroces enfermedades, el poemario desarrolla lentamente el delirio humano. Con su autorización, reproducimos algunos versos de dicho volumen…]

 

Contemplamos más tarde la herida de la fiebre…

poemas de Armando González Torres

 

Del origen

Trastornados cruelmente por el vino

nosotros, antes dulces invasores,

infibulamos hembras ajenas,

fraguamos  infanticidios infaustos

e insultamos deidades extranjeras.

Pero en la doncella prisionera

que jugamos risueños a las cartas,

en la algazara tersa de su carne,

en su entraña jocunda y virginal

se albergaba ya el contagio punitivo.

 

Señales

Teníamos cefalalgia en el inicio

hollábamos la sombra en pos de cura

acudieron entonces los presagios

sueños en que vivos y muertos

se mezclaban e imploraban clemencia.

 

Luego vendrían las pruebas agobiantes

los edemas copando nuestro rostro

las ránulas debajo de la lengua

y, tal vez, lo más triste y doloroso:

la exhalación feroz, el miasma agreste

que desprendían los cuerpos más deseados.

 

Oración

Cada día, al despertar y descubrir que respirábamos, nos decíamos: “afortunados de nosotros, pobres de nosotros”.

 

Vislumbre de foras y rizófagos

El murmullo de enfermos impide el sueño

interrumpe un presagio el descanso del inerte

en la calle, una voz tipluda augura el escarmiento:

“puedes robar al prójimo y pedir las alabanzas

puedes ser indigno y estuprar tu propia casta

puedes mentir hasta agotar toda la mentira

de cualquier modo la sanción ha sido pronunciada:

de nuestras propias larvas seremos alimento”.

 

Paisaje

Prolijidad de los muertos, escasez del llanto.

 

Nostalgia

Esos días de presagios y nublados horizontes, esas noches de neón y de tormenta, esos días de fétidas inspiraciones y abúlicas exhalaciones, cuando la mente se anegaba distraída en sus vapores y la memoria se perdía abismal en sus neblinas y el espíritu abonaba sus temores y el cuerpo se ofrendaba a sus horrores, aún la enfermedad no vedaba esos placeres. Esos días inconstantes de bulimia, esos días retozantes de fortuna, esos días de soledad irredimible, las largas delectaciones en el olvido reprensible, la ebriedad reiterada y la animosidad punible. Esos días afócidos de lúgubre fastidio, con sus lerdas horas de lascivia lánguida o sus exangües instantes de iluminación y de locura y ese fondo de rencor y de amargura, donde flotaban las cabezas de los viejos y destilaban su sangre los embriones y los pecados más provectos o las más inocentes perversiones mezclaban sus aberrantes proporciones y volvíanse licores ostentosos, emulsiones autofágicas que acuñaban la violencia en nuestros ceños.

 

La muerte niña

Amiga, cuántas lluvias olisqueaste en la noche,

cuántos vuelos en la oscuridad nos regalaste,

cuántos gestos de azoro, asco o daño sorprendiste

cuando entre la moldura del mundo y lo invisible

mirabas la calamidad e inventabas lo faltante.

 

Elogio del amor

Reminiscencias de la ventura se husmean en este humilde lecho: donde antes castigo y duelo, olor ahora de semen fecundando las sábanas, aire perfumado con jugos vaginales y deyecciones de gozo. En verdad que estos energúmenos fueron trémulos: desafiaron las prohibiciones, negaron la enfermedad, descubrieron el apego a los ayuntamientos, el vértigo de las caricias, la plenitud de los súbitas revelaciones en las pieles ajenas. De seguro crepitaron sus órganos más sensibles, se plagaron de misterio sus pelambres, aullaron de gratitud sus entrañas miserables, gesticularon mucho tiempo sus hocicos buscando inútilmente la más ínfima, la más humilde de las palabras.

 

La catarsis

Mientras el fuego consumía los cuerpos

figuras conocidas pululaban

en torno de la hoguera gigantesca.

¡Ah, noche de inolvidable extravío!:

danzaban los muñones y las pústulas

confundíanse caricias y salivas

 

sin forúnculo  indigno para el ósculo

sin ántrax que impidiera intemperancia.

Lesa lascivia envolvía con sus redes

lautos lechos o lábiles jergones

y agónica lujuria compulsiva

revivía a su vez tálamos letárgicos.

No hubo lluvia que apagara aquel celo

extraños incidentes acaecieron:

los niños arrullaban a las fieras

copulaba la turba entre los muertos

inmersos en el lodo y la ceniza

el soberano dormía con la esclava

la plebe exigía un culo de aristócrata

fornicó el padre impúdico a las hijas

y aun la madre cedió al capricho odioso

(el atroz episodio inexplicable

que incitaron los númenes falaces

fue seguido por arcadas de vómito

un sueño lenitivo vino entonces:

grata estancia en el vientre del olvido).

 

Exhorto

Recordemos el aliento aliterante

no el sórdido temor, ni la resaca.

 

Reproche

Taís, figuración de demonios seniles, revoltijo de excrementos y maquillajes rancios, oído sólo presto al tintineo de la bisutería y de las monedas de baja denominación, mente esclava de la fórmula, del relato trivial y de la melodía facilota, nariz encarcelada en los perfumes hechizos y en la cocaína más tosca, vagina insaciable ofrendada al pene incircunciso de Satanás: en tu sonrisa falsaria y en la vulgaridad de tus insinuaciones encontramos, ovillados tras los sueños de la adolescencia, los gérmenes del contagio más cruel.

 

Relato de la benefactora

Era meserita de mi taberna preferida.  Ahí pasaba yo tardes interminables bebiendo cerveza e intentando aliviar el aburrimiento de mi prolongada e indolora rutina. Un chiste fácil fue pretexto para disminuir distancias e iniciar un trato amoroso que, contra todas las recomendaciones sanitarias, pronto se convirtió en intimidad sin precauciones.  Para ser francos, la convivencia no redimió nuestros días carcomidos, aunque nos dispensase algún ligero paliativo.  Ella, por ejemplo, solía conmoverse con el relato de mis desventuras y desesperaba ante mi adversa situación presente; cierto sentido le daba a su sencilla existencia la consolación de un alma desdichada.  Yo, por mi parte, experimentaba una atípica indulgencia ante la contemplación de su pobre indumentaria, ante el roce de su aliento afligido y aun ante el cáustico olor de su saliva, seña inicial de un contagio lamentable.

 

Bravata

Inocentes gracejos

tatuados en el alma

heridas esculpidas

en doloridos miembros

 

o placeres inscritos

en músculos sutiles

son los pocos vestigios

de eso que consumimos:

la escasa fortaleza

la dote miserable

y la memoria parca.

Contemplamos más tarde

la herida de la fiebre

la calígine inmunda

que nubla nuestros ojos

la evanescente llaga

que afrenta tantos rostros.

Sin nosotros saberlo

fueron esas dolencias

los dioses que adoramos

en formas caprichosas

en cultos insumisos

o en pervertida efigie.

No nos arrepentimos.