Cultura

Jun 02, 2020 12:30:06       1190        0

Confinamientos la vuelta al mundo (mi casa) en 80 días

Por Viridiana Villegas Hernández

[La coordinadora de Prensa y Relaciones Públicas de Grupo Planeta México-Estados Unidos-Centroamérica nos relata cómo han sido sus días durante este encierro necesario en la crisis sanitaria que nos ha tocado vivir…]

 

En los últimos años la resiliencia se ha puesto de moda, pero en tiempos de COVID-19 parece que esta palabra ha cobrado su verdadero significado —como ninguna otra— para quienes nos hemos quedado en casa... sobre todo para los trabajadores del sector Salud.
      Todos los días, desde hace casi cuatro meses cuando apareció el primer caso de Coronavirus en México, tanto doctores como especialistas, científicos y enfermeras hacen un esfuerzo mayúsculo por salir de sus hogares, atender pacientes, salvar vidas y mantenerse estoicos ante las condiciones precarias de seguridad con las que laboran en algunos hospitales, clínicas y centros de salud. Si esto no es resiliencia, no sé qué pueda serlo.
      Tengo amigos doctores que me han narrado historias llenas de angustia e incertidumbre por la contingencia que hoy enfrentan; tienen días mejores en los que han atestiguado el alta de algunos de sus ingresados... y peores, cuando ya no hay nada qué hacer por ellos o al momento en el cual faltan camas, respiradores y equipo suficiente para su propio resguardo... incluso cuando alguno de sus colegas es diagnosticado.
      ¿Y qué puedo hacer yo? He atendido sus llamadas envueltos en lágrimas, he leído sus mensajes con un leve temblor en todo el cuerpo y he seguido sus recomendaciones al desinfectar todo en casa, al lavar de manera correcta mis manos y a generar valentía en mi corazón por todos ellos, porque hoy menos que nunca puede paralizarnos el miedo.
      De acuerdo con la Real Academia Española, la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. ¿Qué puede ser más útil en medio de una pandemia que este concepto? Pienso que no necesitamos estar en la línea de fuego para comprenderlo y mi experiencia en la cotidianidad ha sido la siguiente: esta semana comencé la cuenta de más de 80 días de confinamiento en los que, además de ejercer mi profesión vía remota, me he convertido en cocinera, decoradora de interiores, personal de limpieza, dibujante en ciernes, compradora en línea, maquillista, narradora de El Principito en Instagram, adicta a la programación vía streaming, aprendiz de francés, psicóloga, cuidadora de un perro y varias plantas, pero sobre todo alguien que ahora da las gracias durante cada anochecer por mi salud y la de los míos.
      Desde el 13 de marzo sólo he salido cuatro veces al súper y todas han sido experiencias estresantes por el uso del cubrebocas, los guantes, la distancia con las personas mayores... con todas las personas, en general. Ya tengo preparada una careta para mi próxima visita y si bien no me causa la más mínima emoción utilizarla, me he dado cuenta que cada vez me organizo mejor y soy más rápida con la lista previa de lo que necesito.
      Me declaro incapaz de recordar cómo hacía mis compras antes de todo esto; sólo tengo la vaga imagen de recorrer durante horas los pasillos, leyendo etiquetas e incluso ahí mismo comparando la calidad y precio de los productos.
      Al cabo del día 40 y tantos de esta prolongada cuarentena comencé a extrañar el abrazo reconfortante de mis amigas y amigos; la proximidad de mi familia y, claro, de algún cómplice que también goce de la cercanía. Se vive a medias sin la corporeidad del otro.
      Es inaudito que en estos tiempos algo tan sencillo como abrazar ?que es gratis como todo lo mejor de esta vida? se haya convertido en un lujo que sólo pueden tener (en ocasiones y si se aman) los que comparten el encierro. Yo aún no hallo cómo mitigar en el transcurso de los días el vacío que siento en las manos... en los brazos... y en el pecho cuando me sorprende la ligera ansiedad por sentirme abrasada, así con "s". Pero pasa... todo pasa; ya lo decía El Principito: “Siempre hay consuelo”.
      Quiero creer que, al compartir este texto, estoy menos sola y esa idea me empuja a ser más resiliente; quiero imaginar que allá afuera, en el encierro de otra casa, alguien más también reflexiona sobre cómo adaptarnos mejor a la llamada “nueva normalidad” ?siempre mirando con el rabillo del ojo al miedo y la ansiedad?, firmes en ir hacia adelante armados para la batalla con jabón y gel antibacterial.