Fotorreportaje

02_05_2019_Kenya, entre el trabajo sexual y el activismo

Los abusos a la población trans

Fotografías y Texto: Ernesto Álvarez



“En este trabajo hay que cuidarse de todos, del que anda en la calle, de la policía que te extorsiona y te espanta al cliente”, explicó Kenya Cuevas, una defensora de derechos humanos que se forjó en las peligrosas esquinas de la Ciudad de México. “La violencia es a lo primero que se enfrenta una trabajadora sexual trans, aparte de que no tenemos seguridad ni podemos acceder a la justicia”.

Para explicar su trayectoria, Kenya suele decir que “formó parte de todas las poblaciones con las que trabaja”: fue una niña de la calle y, producto de su transformación en la adolescencia, usó drogas y estuvo presa antes de convertirse en la Directora Ejecutiva de la organización civil “Casa de las muñecas Tiresias”.






Ha sido “trabajadora sexual toda mi vida” y lleva dos décadas sobreviviendo al VIH. Pero no fue hasta que presenció el asesinato de una de sus compañeras, Paola, que su vida dio un nuevo giro.

Desde entonces ha buscado la manera de incidir en que las políticas gubernamentales atiendan no solo a la población trans, sino a las miles de personas que están en situación de calle y que no reciben prácticamente ninguna atención del Estado.




Paola Sánchez era originaria de Tabasco y tenía 27 años cuando fue asesinada el 30 de septiembre de 2016, en el asiento del acompañante del automóvil al que un cliente acababa de subirla, sobre la avenida Puente de Alvarado, en la capital del país.

Aun cuando la policía bajó al cliente con el arma del crimen en la mano, fue liberado por el juez Gilberto Cervantes Hernández, quien argumentó que la carpeta de investigación a cargo del agente del Ministerio Público de la exdelegación Cuauhtémoc, Hilarión Guerrero Sánchez, y su equipo, estuvo pobremente armada y no brindó elementos para someter a proceso al detenido, a pesar de la evidencia de su culpabilidad. Desde entonces, está prófugo.






Como Kenya fue la principal testigo del hecho, recibió escoltas por parte del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos. Sin embargo, también fue desplazada de su zona de trabajo, cercana al Monumento a la Revolución. Ahora trabaja en Chimalhuacán, pero los guardias no llegan hasta allá a brindarle custodia.

“Cuando mataron a mi compañera Paola, una mujer trans trabajadora sexual, estaba en horas de labor y no había mecanismos de actuación de seguridad, ni salud de ninguna índole”, explicó en diálogo con este medio. “Las trabajadoras sexuales trans somos una comunidad olvidada por la sociedad, aparte de criminalizada y violentada por el simple hecho de buscar un taco para llevar a casa”.




Según datos del Observatorio de Personas Trans Asesinadas, se registraron 408 casos en México en la última década, entre 2008 y 2018. El país ocupa el segundo lugar de América después de Brasil, donde hubo 1,238 asesinatos en el mismo período.

Kenya no desiste porque sabe que depende de ella lograr avances. Así nació su organización “Casa de las Muñecas Tiresias”, a partir de un crimen de odio. “No hemos logrado que haya ningún detenido por esos transfeminicidios”, sostuvo. “La violencia es lo único que hemos aprendido desde que decidimos hacer una transición, es lo único que recibimos y se refleja en nosotras mismas”.





Pelear por seguridad

Kenya no está de acuerdo en regularizar el trabajo sexual. Insiste en que antes se les brinde algún tipo de seguridad social y verdadero acceso a la salud.

“Se resisten a otorgar cualquier seguridad. Ni salud ni vivienda”, dice.



Apunta que la mayoría de las mujeres trans viven en hoteles y pensiones y que esa precariedad está directamente involucrada a su identidad creada: “no tenemos identidad, por lo tanto no tenemos derecho a ser como cualquier ciudadano y comprar una casa o sacar un préstamo. Así, una de las opciones viables es el trabajo sexual”, explicó.

“La mayoría de estas mujeres trans viven de noche donde hay sexo, fiesta, drogas y violencia. Todo lo que implica trabajar en la oscuridad”.







Kenya lo sabe y, no obstante, parece trabajar sin miedo. A veces, lo que más pesa es el aburrimiento, que se desquita buscando contacto con los hombres que pasan por la calle donde trabaja. Está maquillada y lleva falda y tacones que completan un atuendo de fiesta.

“Las trans también vivimos en colonias o en el barrio, pagamos impuestos y cumplimos con nuestras obligaciones como ciudadanas, pero el Estado no cumple con nosotros”, sentencia mientras prende un cigarrillo.

“Ellos deben tomar acciones si no quieren vernos en las calles, que nos den una gama de trabajos entre los que podamos decidir o métodos para ejercer el trabajo sexual dignamente”, sostuvo.

“De esto he mantenido mi organización durante un año”, dice y señala a su alrededor la calle silenciosa en la madrugada. “Gracias al trabajo sexual se ha logrado ayudar a muchísima gente”.